Mis manos, vacías de mañana,
con la pobreza pegada a los nudillos,
abren una flor de incertidumbre
sobre la tierra reseca del destino.
No hay pan en los surcos del aire,
ni agua para la sed de los caminos.
Solo un sol de hierro
golpeando la espalda
de quienes levantan el mundo
sin llegar nunca a poseerlo.
Tu risa, pintada al óleo
sobre la piel limpia de la inocencia,
bajó un día
a la garganta oscura de la mina,
donde el carbón devora los nombres
y la esperanza aprende
a respirar entre el polvo.
Allí quedaron los sueños,
cubiertos de silencio,
como semillas enterradas
esperando una lluvia de justicia.
Pero la tierra conoce el milagro.
Lo sabe la raíz
que rompe la piedra sin hacer ruido;
lo sabe la espiga
que nace donde parecía imposible;
lo saben las manos
que jamás dejaron de sembrar
aunque la cosecha fuera el hambre.
Por eso no renuncio.
Mis manos, heridas y desnudas,
seguirán cavando en la noche,
porque debajo de toda sombra
late una brasa.
Y llegará el día
en que el pan no tenga dueño,
en que la luz salga de las minas
sin llevar luto en los ojos,
y tu risa, libre al fin,
suba desde la profundidad de la tierra
como un trigo encendido,
para llenar de futuro
las manos que nunca dejaron
de creer en el hombre.

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