En las madrugadas frías de invierno
me duermo sin hacer ruido,
entre sombras barrocas que tiemblan
al borde de lo perdido.
Susurran viejas miradas con sonrisa de moral,
dibujando en
los caminos un reflejo irreal.
Y nacen desde el fondo de los espejos del alma,
fragmentos de un silencio que nunca encuentra calma.
En las madrugadas frías de invierno me dejo caer,
en el eco lejano
de tu voz que no quiere volver.
Y entre sábanas frías abrazo la soledad,
como si en su vacío aún te pudiera encontrar.
En las esquinas calladas de una fuente de cristal,
se duermen tus
recuerdos con miedo a despertar.
Se esconden entre ramas de un sueño sin final,
o en surcos casi perfectos que la noche va a trazar.
Y el viento los arrastra sin rumbo ni razón,
dejando en cada grieta
pedazos de tu voz.
En las madrugadas frías de invierno me dejo caer,
en el eco lejano de tu voz que no quiere volver.
Y entre sábanas frías abrazo la soledad,
como si en su vacío aún
te pudiera encontrar.
Y si el alba pregunta por ti, diré que nunca te fuiste,
que habitas en cada sombra de lo que ya no existe.
Que vives en el susurro de esta eterna estación,
donde el frío
no es invierno… es solo tu adiós.
En las madrugadas frías de invierno me duermo otra vez,
entre restos de un sueño que nunca logré comprender.
Y en la noche infinita de mi fragilidad,
tu recuerdo es la herida que no deja de sangrar.
En las madrugadas frías de invierno… me duermo…
en las sábanas frías de mi eterna soledad.

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