viernes, 7 de agosto de 2026

DONDE LA POESIS TE ENCUENTRA


No fue el destino
quien me condujo hasta tu nombre;
fue una antigua corriente de luz
que conocía el camino
mucho antes de que mis pasos
aprendieran a buscarte.

Desde entonces,
cada palabra quiso parecerse a ti.
Las vocales guardaron el calor de tus manos,
las consonantes levantaron puentes
para que mi voz pudiera alcanzarte,
y los silencios,
esos viejos cómplices del alma,
comenzaron a florecer
como jardines después de la lluvia.

Hay una patria secreta
escondida en tu mirada.
Allí descansan los inviernos,
las despedidas pierden su oficio
y el tiempo se sienta,
humilde,
a contemplar cómo dos corazones
inventan una eternidad
con apenas un instante.

Yo aprendí a quererte
como se aprende el mar:
sin terminar de comprenderlo,
pero confiando
en que cada ola
trae una verdad distinta.

Fui recogiendo las migajas
que dejaba tu ternura
por los senderos del día,
hasta descubrir
que el amor no era un incendio,
sino una llama paciente
que sabe permanecer
cuando el viento cambia de nombre.

Tus sueños
se volvieron refugio para mis noches,
y mis versos,
aves obstinadas,
hallaron en tu pecho
el único cielo
del que nunca quisieron partir.

Si alguna vez la distancia
pretende escribir su sombra
entre nosotros,
que encuentre nuestras almas
ocupadas en la misma tarea:
bordar esperanza
sobre la tela frágil de los días,
abrir ventanas
donde otros levantan muros,
y seguir pronunciando
el milagro de existir juntos
como quien enciende una estrella
con la sola fuerza
de un beso recordado.

Porque el verdadero amor
no vence al tiempo;
lo convence,
con infinita dulzura,
de caminar a nuestro lado,
mientras la vida,
agradecida,
continúa escribiendo
nuestros nombres
en el margen más luminoso
de la eternidad.

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