La noche guardó silencio
cuando se apagó tu voz,
y Granada, entre sus sombras,
lloró contigo, Lorca.
Te llevaron por un camino
donde la muerte esperaba,
pero no pudieron llevarse
los versos de tu garganta.
Quedó la luna encendida,
temblando sobre los olivares,
y un caballo sin jinete
recorrió los viejos mares.
Tu sangre quedó en la tierra,
tu nombre, vivo en el viento,
y cada guitarra llora
cuando recuerda aquel tiempo.
No mueren los poetas
si su palabra permanece;
tú sigues entre nosotros
cuando una voz te recuerda.
Federico, duerme en la noche,
bajo la estrella más clara:
tu poesía sigue viva,
como una rosa de Granada.

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