Perdí en el juego que tú inventaste,
sin comprender las reglas al entrar;
moviste mis piezas, luego te marchaste,
dejándome solo frente al tablero final.
Jugaste despacio, con manos serenas,
mientras yo apostaba lo que no tenía;
tú conocías de memoria mis penas
y aun así sonreías cuando el alma cedía.
Fuiste reina en un reino de espejos,
dueña absoluta del drama y la escena;
yo perseguía tus pasos de lejos,
sin ver que tu abrazo también era condena.
Hoy queda tu risa flotando en la casa,
un eco rebelde que se niega a morir;
y mi orgullo, vencido, se rompe y se arrastra
por los mismos caminos que te vi partir.
Tus palabras se pierden entre las paredes,
como humo de un incendio que no quiere acabar;
y hay noches en que escucho cómo vuelves
en cada silencio que me invita a recordar.
Te encuentro escondida detrás de una canción,
en una melodía, en un viejo atardecer;
y aunque juré cerrar para siempre el corazón,
todavía hay una parte que te quiere volver a ver.
Qué extraño este amor que sabe a derrota,
esta herida que aprende a respirar;
yo sé que tu ausencia debería ser la respuesta,
pero mi corazón no sabe cómo dejarte atrás.
Quizá algún día termine la partida,
y pueda mirar tus huellas sin temblar;
pero hoy, aunque sé que te llevaste mi vida,
sigo soñando con volver a jugar.
.jpg)

































