Fría, como las tardes de invierno,
te siento caminar por la habitación.
Distante, como el vuelo torpe
de las gaviotas en celo,
perdiendo el rumbo, perdiendo la intención.
Tu mirada está casi apagada,
es la tenue llama de un viejo candil,
un suspiro que se queda sin aceite,
un invierno que no quiere ser abril.
Se fundió tu luz tímidamente
en el opaco cristal de tu expresión,
una mueca, una sombra de repente,
una sonrisa sin carmín ni dirección.
Y comprendimos, sin decir una palabra,
que no hacían falta redes para esta situación.
Nuestro amor se marcha, la puerta se entreabre,
directo al olvido, sin una explicación.
Se va oculto, perdiéndose en la arena,
en el vientre oscuro de una madrugada eterna.
Sin enredos, sin buscar los porqués, el silencio
fue el juez de nuestra historia.
No hubo frases que salvaran
los pies del naufragio inminente en la memoria.
Opaco el cristal, opaca la vida,
el amor se retira con paso de seda.
No queda carmín, no queda salida,
solo esta penumbra que todo lo enreda.
Y comprendimos, sin decir una palabra,
que no hacían falta redes para esta situación.
Nuestro amor se marcha, la puerta se entreabre,
directo al olvido, sin una explicación.
Se va oculto, perdiéndose en la arena,
en el vientre oscuro de una madrugada eterna.
Como el vuelo torpe... Como el candil sin aceite...
Nuestro amor se marcha... En el vientre oscuro...
De una madrugada... eterna.
JESÚS PÉREZ ROMERO
sábado, 12 de septiembre de 2026
MADRUGADA ETERNA
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