Dicen que el destino duerme
en hojas que el viento arrancó,
de un sueño blanco de algodón
que nunca el suelo tocó.
Que habita en versos abiertos,
sin forma, sin dirección,
donde sangran las metáforas
como ríos sin control.
Y lloran los olvidados
sin dioses a quien mirar,
mesas llenas de silencio
que nunca los invitarán.
¿Está escrito ya mi camino
o lo tengo que escribir yo?
Con la rabia entre los dientes,
con el peso del dolor.
Si el destino es solo humo
de un fuego que se apagó,
yo seré la chispa viva
que arda dentro del corazón.
Se esconde en cartas gastadas
del loco que va sin red,
en líneas torcidas del tiempo
que nadie sabe leer.
Puede ser ceniza fría
de lo que no pudo ser,
o la llama que se alza
cuando decides creer.
Y gritan los invisibles
contra un cielo sin piedad,
mientras falsos dioses
juegan a imponer su voluntad.
¿Está escrito ya mi camino
o lo tengo que escribir yo?
Con la rabia entre los dientes,
con el peso del dolor.
Si el destino es solo humo
de un fuego que se apagó,
yo seré la chispa viva
que arda dentro del corazón.
No más manos invisibles
decidiendo por los dos,
ni promesas de un mañana
que nunca dijo “aquí estoy yo”.
Hoy la tinta es de mis heridas,
hoy la pluma es mi voz,
y aunque tiemble cada línea…
será mía la canción.
No estaba escrito mi camino,
lo tuve que escribir yo,
con las uñas, con el alma,
con cada golpe y error.
Si el destino era silencio,
yo lo rompí con mi voz,
y encendí en la oscuridad
todo aquello que soy yo.

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