De un tiempo a esta parte se ha llenado el jardín
de gurús de diseño y maestros sin fin;
escuelas de pensamiento con aroma a jazmín
que venden un
despertar dentro de un maletín.
Afloran como rosas en plena primavera,
cada cual asegurando poseer la verdad entera;
pregonan desde torres, con solemnidad y talla,
que son los nuevos padres de la nueva gran
batalla.
Uno habla de propósito, otro de innovación,
otro ha encontrado el centro de toda evolución;
uno te cobra el curso, otro vende inspiración,
y todos
tienen fórmulas para hallar la solución.
Te explican que el fracaso es cuestión de actitud,
que basta con pensarlo para hallar la plenitud;
que el mundo está esperando tu genial transformación,
previo
pago, naturalmente, de la correspondiente comisión.
Hay gurús de la brújula, del alma y del color,
del liderazgo consciente y del éxito interior;
gurús de la estrategia, del cambio y del talento,
que
cambian de doctrina según sople el viento.
Y si preguntas: «¿Qué pruebas sostienen su teoría?»,
te responden con metáforas, silencio y poesía;
pues donde falta evidencia, florece
la convicción,
y donde sobra marketing, se disfraza la opinión.
Pero el jardín es grande, y tiene otra verdad:
que nadie posee entero el mapa de la realidad;
que aprender no es seguir al que levanta más la voz,
ni llamar sabiduría
a quien se anuncia como dios.
Quizá entre tanta rosa de etiqueta y vanidad,
convenga cultivar dudas, paciencia y curiosidad;
regar lo que funciona, podar la pretensión
y dejar que el pensamiento
respire sin patrón.
Porque el sabio verdadero no necesita pedestal,
ni convierte cada duda en un producto comercial;
sabe que toda certeza, cuando empieza a florecer,
merece alguna pregunta antes
de dejarse vender.
Y así, mientras los gurús se disputan el jardín,
con sus fórmulas doradas y su aroma a jazmín,
tal vez la gran enseñanza, sin curso y sin
maletín,
sea aprender a distinguir la flor… de quien la vende por fin.

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