A las doce y media, la noche callaba,
la prisión dormía entre sombras y hiel;
la puerta, muy lenta, crujió mientras entraba
un destino escrito con tinta cruel.
Vestida de azul, sin temblor en la frente,
una voz pronunció tres nombres al azar;
pero no eran nombres, eran la simiente
que el miedo jamás pudo arrancar.
Martina escuchó el silencio infinito,
Victoria apretó la esperanza en su piel,
Ana levantó la mirada al cielo escrito
con estrellas que lloraban por él.
Sabían el precio de aquella llamada,
sabían que el alba traería el final;
mas ninguna quebró su alma encendida,
ni dobló la cabeza ante el odio mortal.
La tapia esperaba desnuda y fría,
el viento guardaba un último adiós;
cuarenta y tres hombres, trece vidas floridas,
marchaban erguidos bajo el mismo sol.
Creyeron las balas borrar la memoria,
cerrar para siempre la voz y la flor;
pero el tiempo convirtió aquella historia
en un jardín eterno de valor.
No fueron espinas nacidas del miedo,
ni sombras perdidas en la oscuridad;
fueron rosas jóvenes, abiertas al viento,
regadas con sangre por la libertad.
Y aún cuando la noche parece vencer,
y la injusticia levanta su voz,
Madrid sigue oyendo, al amanecer,
el nombre inmortal de las Trece Rosas.
Porque hay vidas que mueren,
pero nunca se olvidan;
y hay flores que el odio corta en la tierra,
sin saber que florecen para toda la vida.

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