Los fantasmas que me rodean
son luces de un tiempo apagado,
candiles de antiguas horas
que el olvido no ha borrado.
Vagan lentos por mis estancias,
sin cadenas ni lamentos;
son la sombra de los besos,
de las pérdidas y los encuentros.
Cada uno guarda un nombre,
una herida, una promesa,
la ceniza de un verano,
la tibieza de una mesa.
Son guardianes silenciosos
de lo que he vivido y amado;
de aquello que, entre mis manos,
murió, quedó o fue olvidado.
Y en este refugio gótico,
de muros cubiertos de hiedra,
la noche enciende sus velas
sobre la memoria y la niebla.
Aquí la soledad no duele
ni se parece a una condena;
es un pájaro que descansa
sobre mi pecho y me serena.
Porque aprendí que hay compañías
que nacen del mismo vacío;
presencias hechas de ausencia,
ecos que aún permanecen conmigo.
Y cuando el viento atraviesa
las ventanas de mi morada,
los fantasmas me rodean
como una familia callada.
Entonces cierro los ojos
y en su abrazo me abandono;
sé que no estoy verdaderamente solo:
soy un reino de recuerdos,
y ellos… sus eternos tronos.

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