Saber que en la vida no todo es glamur ni destello,
que no toda la belleza nace del fulgor del oro,
es descubrir que el alma guarda un silencioso sello
forjado en la experiencia,
en la duda y en el lloro.
Hay matices profundos que la prisa no percibe,
tonos suaves que florecen donde el ruido se desvanece;
cada color se entrelaza con aquello que se vive,
y en su mezcla la verdad
lentamente resplandece.
No es la cima más brillante la que ofrece la armonía,
ni el aplauso más sonoro el que colma el corazón;
es la luz de cada encuentro, la serena compañía,
la
ternura que se entrega sin buscar compensación.
Entonces surge un horizonte de contornos apacibles,
dibujado por los pasos de una humilde convicción;
un camino hecho de gestos, de momentos invisibles,
que conducen a
la calma y a una noble dirección.
Y al final de la jornada, cuando cede la tormenta,
se comprende que la dicha no se compra ni se alcanza;
es el amor que nos sostiene, es la paz que nos alienta,
dos abrazos que
en el alma siembran siempre la esperanza.

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