Las luces parpadean, tu imagen se refleja,
en espejos distorsionados que observan tu andar,
cada halago inyecta vida, mas también deja queja,
pues la prepotencia a veces oculta el naufragar.
Caminas entre sombras vestidas de aplausos,
coronado por voces que alimentan tu altivez;
pero el eco de la noche, entre silencios escasos,
susurra que la gloria también conoce la vejez.
Tus pasos dejan huellas sobre pisos de cristal,
donde el brillo de la superficie engaña la visión;
nadie ve las grietas bajo el gesto triunfal,
ni el temblor que se disfraza de firme
convicción.
Y mientras la ciudad celebra tu figura erguida,
los espejos multiplican aquello que quieres ser;
mas no pueden ocultar la parte más escondida,
esa sed interminable de reconocimiento y poder.
Porque el orgullo es un barco de velas encendidas,
hermoso cuando surca las aguas del valor;
pero si olvida la tormenta y las corrientes escondidas,
termina a la deriva, cautivo de su propio resplandor.
Entonces cesan las luces, se apaga la ilusión,
y en el cristal desnudo ya no hay nada que fingir;
solo un rostro que descubre, tras tanta admiración,
que la fuerza más profunda
consiste en no huir.

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