Las risas se convierten en un eco distante,
las palabras de alabanza suenan huecas al pasar;
lo que ayer parecía un horizonte deslumbrante
hoy se vuelve una niebla difícil
de atravesar.
Te envuelven en un hilo, como un suéter que aprieta,
tejido con expectativas, con miradas y opinión;
y el alma, que era libre como gaviota inquieta,
vacila entre
la sombra y su propia convicción.
Soñaste con este día, radiante y vibrante,
con laureles encendidos coronando tu labor;
imaginaste la cima como un instante triunfante,
sin sospechar los silencios
que acompañan al honor.
Porque el brillo también pesa cuando cae sobre el pecho,
y el aplauso repetido puede perder su calor;
cada logro abre preguntas en el corazón deshecho,
cada meta
conquistada deja espacio al temor.
Entonces miras atrás, hacia el fuego primitivo,
la chispa que no buscaba recompensa ni altar;
solo el gozo de crear, de sentirte vivo,
de nombrar con tus palabras lo imposible
de nombrar.
Y comprendes que el camino no termina en la victoria,
ni en la corona efímera que el tiempo ha de marchitar;
la verdadera conquista se escribe en la memoria
de quien sigue
construyendo aun cuando deja de brillar.
Así el eco se transforma en una música constante,
y las dudas, como hojas, aprenden a caer;
porque más allá del premio, del instante deslumbrante,
permanece
quien persiste, y vuelve a renacer.

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