Las flores a tus pies se marchitan despacio,
como cartas antiguas olvidadas en el viento;
cada pétalo que cae deja vacío un espacio,
donde alguna vez habitó
la luz del primer sentimiento.
Las flores a tus pies se marchitan lentamente,
como recuerdos que el tiempo arrastra sin piedad,
sus hojas caen, evocando lo inminentemente,
de una infancia perdida en la tormenta
de la verdad.
Y en su perfume tenue aún respiran los días
de juegos bajo cielos que parecían eternos,
cuando el mundo cabía en pequeñas alegrías
y
los inviernos eran menos fríos, menos severos.
Pero la verdad llegó con su paso inevitable,
desnudando los sueños de su frágil esplendor;
mostró que todo instante es apenas alcanzable,
una chispa
suspendida entre la sombra y el ardor.
Ahora las flores guardan en su silencio marchito
los nombres que la memoria no consigue retener;
y cada hoja caída escribe un verso infinito
sobre aquello que amamos y
tuvimos que perder.
Sin embargo, entre la tierra donde muere la belleza,
queda una semilla oculta bajo el dolor y la estación;
porque incluso en la pérdida florece la certeza
de que
vive para siempre lo que habitó el corazón.

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