Cada latido, un susurro de anhelo,
que rompe el silencio del alma callada;
persigue horizontes vestidos de cielo,
mientras la esperanza se vuelve alborada.
Horizontes lejanos, senderos perdidos,
dibujan promesas que el viento deshizo;
son sueños quebrados, fragmentos dormidos,
que el tiempo en su marcha jamás recompuso.
Luz y penumbra se abrazan sin prisa,
como dos amantes que no saben partir;
una ofrece el alba, la otra la brisa
de un adiós que se niega por siempre a morir.
El amor es un duelo de fuego y de hielo,
un puente de sombras tendido hacia el mar;
nos eleva un instante rozando el cielo,
para luego en el vacío dejarnos vagar.
Y, sin embargo, volvemos sedientos,
a creer en la llama que vuelve a nacer;
porque incluso entre ruinas y lamentos,
el corazón insiste en volver a querer.
Cada latido conserva un destello,
aunque la noche reclame su voz;
pues quien ama descubre que, tras el desvelo,
también florece la esperanza del amor.

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