En el eco profundo de una herida,
late el corazón en sombras errantes.
La vida, cual río, en su desmedida,
nos envuelve en dudas y mares cambiantes.
Hay noches en que el alma se hace viento,
buscando una luz tras la oscura ribera;
y el silencio, vestido de lamento,
nos deja la esperanza prisionera.
Pero siempre amanece una alborada
que despierta los sueños dormidos;
la fe, como una llama nunca apagada,
recompone los puentes abatidos.
No hay dolor que eternamente permanezca,
ni tormenta que venza al horizonte;
cada lágrima, aunque el pecho entristezca,
es semilla escondida en el monte.
Porque el tiempo acaricia las cicatrices,
con manos invisibles de paciencia,
y convierte los viejos días grises
en senderos de nueva transparencia.
Así aprendemos, entre luz y olvido,
que vivir es caer y levantarse;
que el amor, aun herido y malherido,
siempre encuentra el valor para entregarse.
Y cuando el río alcance su destino,
tras las curvas del miedo y la distancia,
sabremos que en cada paso del camino
la esperanza venció con su constancia.

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