Cuando tus manos rozan mi destino,
el invierno se rinde sin luchar;
cada herida abandona su camino,
y vuelve la esperanza a despertar.
Se disuelven los miedos lentamente,
como niebla besada por el sol;
renace en nuestro pecho un continente
donde florece eterno el girasol.
Que el fuego de los sueños nos abrace,
sin consumir la esencia del querer;
que su llama en el alma siempre trace
la promesa infinita de volver.
Que arda el amor con fuerza cristalina,
limpio como la lluvia sobre el mar;
y en su luz cada sombra se ilumina,
hasta aprender de nuevo a respirar.
Entre galaxias tejemos el sendero
que une nuestras almas al latir;
cada estrella bendice este lucero
que nos invita juntos a vivir.
Nuestros corazones, acompasados,
dibujan melodías de cristal;
los silencios se vuelven abrazados
bajo un cielo de azul celestial.
El eco de tus risas rompe el viento,
atraviesa la tarde y el confín;
convierte cada instante en un portento
y hace eterno el jardín dentro de mí.
Si el tiempo alguna vez cambia su rumbo
y pretende alejarnos del calor,
buscaré entre los astros más profundos
la constelación viva de tu amor.
Porque al tocar tus manos, vida mía,
todo el universo encuentra su lugar;
y en este instante eterno de armonía,
solo existe la paz... y nuestro amar.

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