Las risas se agitan en brisas del viento,
como hojas que bailan sin rumbo ni dueño;
mas el silencio despierta, profundo y atento,
tejiendo en la sombra los hilos del sueño.
Así navegamos, sin puerto ni abrigo,
con mapas borrados por la sal del ayer;
buscando en la niebla un rostro, un amigo,
que enseñe al espíritu de nuevo a
creer.
¡Oh, ser tan frágil en su eterna porfía!,
peregrino de instantes, sediento de verdad;
la vida se viste de luz y agonía,
ocultando el temblor tras la
serenidad.
En cada mirada florece un universo,
con lunas secretas y soles por nacer;
en cada palabra se escribe un reverso,
que el alma interpreta sin poderlo leer.
Y toda despedida levanta las velas,
dejando en la orilla promesas de sal;
los recuerdos encienden pequeñas estrellas,
que alumbran el rumbo cuando todo va mal.
Quizá no exista un destino seguro,
ni un puerto que calme la sed del andar;
pero mientras el pecho conserve un susurro,
siempre habrá esperanza dispuesta a cantar.
Porque entre las grietas donde habita el olvido,
también nace la flor que resiste el dolor;
y el corazón, aunque mil veces vencido,
vuelve a abrir sus alas buscando
el amor.

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