Desnuda de pecados, María camina
entre las gentes
que son
como pequeñas sombras
que
ocupan las aceras de las calles
y los asientos del autobús.
Se
parece a las amapolas que en medio del trigo
alegran
la tarde con su belleza
y en su
mirada esconden el secreto de la soledad.
En sus
ojos, como el cielo azul que en primavera
anuncia
el retorno de las aves migratorias,
duerme
la ternura de su corazón
envuelta
en un blanco pijama de pudor
y sueña
con ese amor imposible
que nunca llama a su
puerta.

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