De la trenza
generosa de tu pelo negro como la noche
que
orgullosa de su belleza
acariciaba
egoísta la tímida desnudez de tu espalda,
hoy
solo queda un manojo de algo,
cubierto
de moho
derramado
sobre unos cuantos huesos
casi
destruidos
por la
carcoma y la humedad del viento que sopla
a duras
penas sobre el rostro ensombrecido de la soledad.
Postrado
de rodillas junto a tu nombre grabado
en una
lapida de mármol blanco, donde una lágrima
momificada
cobra vida en tus ojos vacíos de luz,
el
recuerdo doloroso del último beso que nunca te di,
navega
contra corriente por los caminos del agua,
con la
esperanza
de encontrarte
escondida entre la espuma del mar.
Casi
borrada por el paso del tiempo, la magia de tu sonrisa
me
contagia cada mañana
con la
fuerza de tu espíritu de libertad…
Y me
trae a la memoria aquellos años donde la escasez
y el
duro trabajo en el campo, cada noche se sentaba
en
nuestra mesa,
para
cenar con nosotros: Café negro y sardinas de arenques.





















