Cuando las estrellas velan mis noches,
y los recuerdos por mi piel afloran,
las manos blancas del sueño aminoran
el dolor que me causan tus reproches.
Busco en los pechos blancos del olvido
el calor que no me quisiste dar,
y en su ternura trato de encontrar
el amor que tú me tienes prohibido.
Caminando: solo, triste y vencido,
por los caminos de la soledad,
lloro como un soldado malherido,
llevando en mi boca un beso encendido.
Y en mis pasos la firme voluntad
de recuperar el tiempo perdido,
de encontrar el abrigo en el latido
y la luz que me dé serenidad.
Las noches se hacen largas y calladas,
susurros de viento atraviesan mi piel,
y el eco de tus risas, lejanas,
se convierte en un canto tan cruel.
Entre sombras me pierdo un momento,
y la luna observa mi penar,
sus rayos me cubren como un lamento
deseando que vuelvas a amar.
Las horas son grilletes sin tregua,
mi corazón, un barco sin puerto,
navega en mares de dudas y niebla,
sus anhelos, un camino desierto.
La memoria se aferra a los instantes,
los dulces besos de tu juventud,
y así el paso del tiempo aplastante
me recuerda tu amor, mi virtud.
Mis pasos resuenan en esta soledad,
como un canto perdido en la bruma,
el eco de un amor que fue realidad,
ahora tan solo un peso que abruma.
A veces en sueño tu imagen se asoma,
y en el roce suave del viento,
siento que el destino me toma
y me envuelve en su oscuro tormento.
Pero aunque el dolor sea mi canto,
no me rendiré ante tu desprecio,
seguiré buscando, a pesar del quebranto,
las luces que guardan mi precio.
Así, las estrellas seguirán velando
mis noches llenas de ausencia y pesar,
y en su fulgor seguiré soñando
con el amor que no quiere llegar.

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