Con las manos ocultas en el vientre vacio de unos guantes
sin alma, llegó el
Otoño despeinado y triste.
Se fumó un cigarrillo sentado en una esquina del silencio
y sin esperar la cena, se fue por la ventana de los recuerdos, llevándose escondido
entre el barro de sus zapatos, el calor de las caricias
que mis manos y mis labios
habían derramado sobre tu cuerpo
y el fuego que provocaba tu mirada dentro de mi corazón.
se detuvo un momento sobre una alfombra
de hojas caídas,
para contemplar con tristeza, los tonos grises de los arboles
que parecían un bosque de chinchetas
y la extrema soledad de los bancos vacios del parque
donde tantas veces nos juramos amor eterno.
cantando por alegrias, se perdió una madrugada
en el sombrero de copa de un nuevo y triste amanecer.

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