Esos mismos que cada mañana cubren
su doble moral
con un cierto halo divino
erigiéndose en los mayores defensores
de la vida,
luciendo en sus pancartas “no al aborto”
y al mismo tiempo pidiendo
la pena de muerte y la cadena perpetua;
Son los mismos que cada día rezan
sus oraciones, en templos lujosos
dándose golpes de pecho y pidiendo perdón
por sus pecados
pero nunca salen a la calle para gritar:
¡No a la guerra! ¡No al hambre!
¡No a la injusticia social…

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