Apenas tenía doce años cuando me enamore
por primera vez.
Ella vivía frente por frente a mi casa.
Tenía el pelo largo,
muy
largo y negro muy negro…
Cuando el viento del este soplaba con fuerza
y el olor
a tomillo e hinojos bajaba de la sierra
su pelo suelto
ondeaba libremente dejando ver la mágica
redondez de sus hombros
y el nacimiento de unos pechos exuberantes
que libres
jugaban debajo de una blusa blanca
que amenazaba
con romper los botones que a duras penas
la
mantenía abrochada.
Sus labios eran suavemente carnosos…
Húmedos y rojos como una sandía abierta
al sol.
Sus dientes eran blancos,
blancos
y perfectamente alienados como los surcos
donde cada primavera
el trigo brotaba
generoso
como el contoneo de sus caderas.
Era amable, educada, cariñosa, alegre…
Era la madre
de mi mejor amigo, la madre de mi amigo Luis.


















