En el jardín olvidado donde habitan las memorias,
sus raíces, aún firmes, sostienen el peso del olvido.
Las hojas se tiñen de nostalgia, verdes susurros,
mientras el polvo de los días se asienta en su abrigo.
La maceta rota, un símbolo de la fragilidad,
con grietas que relatan el camino de sus días.
Las flores marchitas, testigos de la soledad,
cantan al unísono una balada de agonías.
Como un clavel herido, su rojo arde como antorcha,
aunque el sol se apague, su esencia todavía brilla.
Los rayo de luz que atraviesan la tristeza,
pintan de esperanza lo que la vida destila.
El rocío de la mañana besa sus pétalos secos,
un instante de pureza en un mundo desvanecido.
Las hojas, como manos, buscan el toque del cielo,
mientras sus raíces luchan por crecer en el frío.
Los insectos aletean, aventureros del instante,
y se posan en el borde del amor que se descompone.
El canto de las aves, lejanas y vibrantes,
resuenan en el aire, ecos de lo que se amone.
Como un clavel abandonado, permanece la soledad,
ahogándose en el silencio de un jardín marchito.
Pero en su esencia ardiente, hay una serenidad,
un recordatorio dulce de lo que fue escrito.
Bajo el cielo estrellado, llora el viento su destino,
y las estrellas son testigos del viaje del tiempo.
Cada noche, los sueños se mezclan en su camino,
y la luna, al observar, pinta de plata un momento.
Las noches son profundas, y el frío es un abrigo,
mientras la tierra respira su antigua sabiduría.
El clavel, un guerrero, aferrado a su abrigo,
aguarda la llegada de una nueva melodía.
Los fantasmas del verano juegan en sus sombras,
y el sol, cual paladín, lucha por regresar.
Mientras las estaciones giran, como horas profundas,
el clavel, como un guerrero, aún anhela florecer.
Las manos del tiempo acarician lo marchito,
en una danza sutil de amores perdidos.
Y aunque el jardín susurre, en su tono despacito,
el clavel conservará su rojo dorado y herido.
Con el viento se desliza un suspiro callado,
mientras las memorias del ayer susurran canción.
Sobre el suelo de la tierra, un amor bien cuidado,
se asoma entre raíces, buscando la razón.
Las historias que el clavel anhela contar,
se entrelazan con leyendas de un tiempo lejano.
Los días de fuego, de risas en el mar,
se ocultan entre las hojas, en cada canto humano.
Como un rojizo clavel, aún lucha por florecer,
inquieto en su soledad, espera la primavera.
Sin perder su bravura, un eco de querer,
y en su corazón albergue la fuerza sincera.
A medida que los días florecen en el jardín,
las sombras se aligera y el brillo se cristaliza.
El clavel rojo, fuerte, desafía su destino,
y se levanta en la tierra, cada día se realiza.
Las lluvias de octubre, un bálsamo eterno,
nacen del cielo y abrazan su forma frágil.
Cada gota es un verso que canta en el invierno,
mientras el clavel guarda un amor imperecedero.
Y cuando finalmente llega el sol radiante,
el rojo se intensifica al brillo del alba.
En cada nuevo día, un regalo constante,
el clavel resplandece como alma que no acaba.
Así, el ser humano en su andar por la vida,
del clavel se hace eco, se siente reflejado.
La lucha por florecer tras la herida,
una danza de esperanza, un sueño inmaculado.
Como un rojo clavel, abandonado y herido,
tejiendo en el aire hilos de amor perdurable,
la esencia perdura en el tiempo compartido,
y el clavel en su lucha, nunca será olvidado.
Mis manos vacías de futuro y esperanzas,
abren una flor de incertidumbre y deseo,
en el vientre desierto y seco del tiempo,
los sueños marchitan en un río sin menos.
El sol se oculta tras un velo de nubes,
cálido abrazo que ya no abriga,
las sombras danzan en un campo yermo,
donde la vida clama, pero se niega.
Las raíces de la tierra suspiran hondo,
buscando el rocío de un alba renaciente,
cada gota es un susurro, una canción,
del eco que arde en la lejanía latente.
Mis manos vacías buscan el horizonte,
un laberinto de esperanzas y dudas.
El viento arrastra susurros perdidos,
cuentos de un porvenir que aguarda su ser.
En la noche oscura, brilla una estrella,
guiando mis pasos con luz titilante,
promesas flotan en el aire gélido,
mientras mis manos vacías buscan calor.
Los años caen como hojas en otoño,
cada una susurra historias que no fueron,
dibujan un camino en el suelo partido,
donde la vida florece entre piedras y miedos.
Las flores que crecen en el lecho marchito,
son versos perdidos en el viento errante,
palabras de amor que nunca se dijeron,
en un jardín donde no hay más que lo ausente.
Mis manos vacías, un lienzo en blanco,
esperan pintarse de colores brillantes,
cada golpe del pecho es un eco lejano,
que resuena en el silencio de lo constante.
A veces el futuro se siente distante,
como un puente que cruje bajo el peso,
pero en cada paso hay semillas ocultas,
que germinan profundas en el suelo espeso.
Y si aquel camino parece incierto,
las estrellas nos guían en la penumbra,
cada instante es un don, un tesoro escondido,
que florece en el viaje, aunque se sienta vacío.
Mis manos vacías, símbolo de lucha,
se aferran a sueños que parecen lejanos,
el viento susurra palabras a los sauces,
una sinfonía nueva que rompe lo vano.
En los corazones donde arde la lucha,
las llamas de esperanza nunca se apagan,
y aunque el futuro sea un mar turbulento,
las olas susurran que todo es posible.
El abrazo del tiempo es dulce y amargo,
cada cicatriz cuenta historias vividas,
y aunque los caminos sean arduos y largos,
las manos vacías pueden abrazar la vida.
Así florece el futuro de incertidumbre,
como un jardín secreto que busca su luz,
y aunque mis manos vacías no tengan respuestas,
su fuerza en la búsqueda nunca será cruz.
Con cada paso el destino se teje,
un tapiz de anhelos y sueños fragantes,
mis manos vacías encuentran su esencia,
en la danza del tiempo, en sus giros vibrantes.
Y si el horizonte parece desdibujarse,
yo seguiré caminando con fe en mi pecho,
porque aunque el futuro sea un campo yermo,
siembro en mi alma esperanzas a raudales.
Las flores que brotan en la tierra furiosa,
son símbolos vivos de lo que vendrá,
y aunque mis manos vacías a veces se sientan,
el eco de la vida siempre florecerá.
Mientras que tu risa pintada al óleo,
sobre la piel blanca de la inocencia,
se pierde en la garganta oscura,
de una mina bañada en ilusiones.
Las sombras danzan, misteriosas y suaves,
con ecos lejanos de un pasado brillante.
Las piedras susurran dulces cantos,
susurros que juegan en el viento errante.
En la penumbra, un faro titilante,
brilla como el recuerdo fugaz,
una chispa de esperanza contrastante,
en las profundidades del silencio audaz.
El aire es pesado, cargado de anhelos,
de sueños que embellecen la desdicha.
Cada gota de sudor lleva destellos,
de luchas y amores que el alma enriqueza.
Pero hay un río, un coursing sereno,
que fluye entre las rocas de la vida,
y en cada corriente, un reflejo pleno,
de lo que fuimos, de lo que se anida.
En cada golpe del martillo constante,
se oyen promesas y ecos de risas,
mientras el tiempo avanza y es cambiante,
los secretos del mundo se deslizan.
Cien mundos se entrelazan en un suspiro,
en la oscuridad, encontramos el brillo,
una melodía, un eco, un delirio,
y en el abismo, también hay un destello.
Así que mientras tu risa resuena,
en la superficie de los sueños perdidos,
enfrentaremos el abismo que reina,
con la luz de nuestros corazones ardidos.
Las ilusiones como murallas se alzan,
y en el horizonte brilla la eternidad,
sabemos que a veces, el miedo nos abraza,
mas la valentía nos da claridad.
La vida es un lienzo, cada día un trazo,
en el que pintamos nuestro caminar,
y aunque las sombras nos acechen sin lazo,
la esperanza siempre nos hace brillar.
Volveremos a levantar nuestra voz,
como el eco de un canto que nunca muere,
y mientras la risa florezca atroz,
de las piedras oscuras, el amor se hiere.
Porque en esta mina de sueños y penas,
nuestros anhelos son luces del alma,
y aunque la oscuridad a veces nos frena,
la vida, en su esencia, siempre es calma.
Brindemos, pues, por el arte de amar,
por la risa que se cierne en el aire,
por la luz que en las sombras quiere estallar,
por la fuerza que nunca sabe rendirse.
Amaremos incluso en la noche cerrada,
nuestros corazones serán como el fuego,
forjando el futuro, sin senda marcada,
dejando que el amor sea nuestro juego.
Y en la profundidad de esta mina eterna,
donde el silencio consume las ilusiones,
nuestra risa brillará como una linterna,
encendiendo los caminos y las visiones.
Así, mientras el tiempo siga su danza,
nuestras risas resonarán en el vacío,
pues en el eco de la vida hay confianza,
y en cada lágrima, un nuevo desafío.
La risa, un regalo pintado en óleo,
en la piel blanca de un lienzo divino,
donde cada sonrisa es un bello trofeo,
y cada momento, un viaje genuino.
Mientras en la mina los sueños se forjan,
las llamas del amor nunca se apagan,
y aunque las sombras en la noche se ahogan,
la luz de nuestras risas siempre nos embriaga.
Por eso, sigue riendo, sin tregua ni duda,
que la vida vale más que el oro bruñido,
y en la mina oscura, aunque densa y muda,
las risas son tesoros que nunca han cedido.
Así, mientras tu risa pintada al óleo,
se pierde en la garganta de la mina en calma,
sabemos que el amor es el arte más bello,
y que somos eternos en cada profecía.

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