Los niños juegan en la calle, ignorando los ecos de su pasado.
Sus risas, dulces momentos robados, fragancias de esperanza en un mundo en llamas.
Dictadores disfrazados de salvadores, las palabras se articular como redes.
Promesas envolventes, dulces y vacías, mientras la realidad aprieta como un puño.
Las religiones se convierten en herramientas, de control, de miedo, de manipulación.
En las iglesias, los líderes predican, pero sus corazones son de hielo y acero.
El pueblo mira, atónito, impotente, los ojos abren un abismo de dudas.
"La libertad", susurra la brisa, "es un sueño que condiciona tu vida."
Las marchas de los sin voz, un rugido que despierte las conciencias.
Cuerpos reunidos como un solo corazón, tejiendo la esperanza en un manto de unidad.
Las antiguas enseñanzas susurran, en el viento, en la tierra, en el mar.
La memoria de aquellos que cayeron, es un faro que guía a los que luchan.
En cada esquina, un retrato olvidado, de prisioneros que se niegan a callar.
Las pintadas en las paredes hablan, con palabras que duelen como el acero.
Los poderosos, con su voz de trueno, se esconden tras un manto de placeres.
Pero el pueblo, como río indomable, no se detiene ante los muros de la opresión.
Las sombras intentan absorber la luz, pero el fuego de la indignación sigue vivo.
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