Cada
mañana, el cristal pulido
de un
espejo
desnudo
de sentimientos,
me devuelve envuelto
me devuelve envuelto
en el
ángulo muerto
de una
sonrisa sin alma
el brillo
casi apagado de una mirada
que se
aferra desesperada
a las
nalgas anaranjadas
de un
viejo almanaque y juega
al
esconder
con las
manecillas implacables
de un
reloj
que araña
sin piedad el vientre del tiempo.

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