Dos años fueron tiempo suficiente
para que el rumbo cambiara su marea,
la brisa, fuerte e indiferente,
los llevó donde el destino planea.
Como hojas secas que el otoño arranca
y lanza al aire sin pedir permiso,
la unión que fue promesa franca
se rompió en un adiós impreciso.
Juan tomó el camino del asfalto denso,
buscando un norte en otra geografía,
dejando atrás un pasado intenso,
una ciudad que ya no le servía.
Halló su sitio en el fragor ajeno,
donde el sudor forjó un nuevo cimiento,
y un nido de alegría, pleno y sereno,
llenó su casa con suave contento.
Las risas de sus hijos, eco claro,
superaron la sombra del olvido,
y el desafío, firme y necesario,
hizo su nuevo andar más decidido.
Julia, por su parte, alzó la vista,
mirando al horizonte prometido,
su espíritu, tenaz alquimista,
buscaba un puerto no conocido.
Caminó hacia nuevos horizontes vastos,
donde el sol brillaba con más pureza,
superando viejos y tristes fastos,
tejiendo amor con sabia ligereza.
Su vida fue un tapiz de experiencias ricas,
un bordado de encuentros y de calma,
con hilos de bondad y de fatigas,
nutriendo el cuerpo y sanando el alma.
No hubo reproche ni amargo lamento,
solo la aceptación de lo que fue,
el mutuo fluir de aquel momento
que al separarse no se retuvo.
Cada uno es piloto de su barca,
navegando un mar de incertidumbre,
y aunque una vieja memoria marca,
el presente exige su costumbre.
La vida sigue, fiel a su mandato,
moviendo el tiempo sin mirar atrás,
dejando atrás el íntimo retrato
de lo que un día no pudo regresar.
Y así, en silencio, en mundos separados,
hallaron paz en sendas divergentes,
dos corazones que el azar ha hallado
en paisajes distintos e inocentes.
Pasaron los años con su andar pesado,
Las horas tejieron un lienzo infinito,
Décadas pasaron, el tiempo ha volado,
Dejando un recuerdo, un eco bendito.
Capítulos enteros de vidas tejidas,
Se alzaron y cayeron cual olas del mar,
Con tinta invisible y sendas perdidas,
El hado seguía su ruta sin par.
